El origen de Carmona se  sitúa aproximadamente  hace 5000 años, en el tránsito del Neolítico al Calcolítico. Desde ese momento Carmona ha estado habitada permanentemente, sucediéndose sobre el mismo espacio cultura tras cultura hasta el día de hoy. Este hecho ha dado lugar a la formación de una riquísima estratigrafía arqueológica y una yuxtaposición de arquitecturas, bien conservadas, que documenta toda la historia del Valle del Guadalquivir y los importantes acontecimientos históricos allí acaecidos.

La formación  del primer núcleo propiamente urbano se sitúa, entre los siglos IX – VIII aC,  bajo el actual barrio de San Blas, en la suave ladera que desciende desde la elevación de la Judería hacia el norte, en una zona en la que confluían los caminos que conducían a la desembocadura del Guadalquivir  sobre la que disponía de dominio visual.

Paralelamente la ciudad se fortifica. A las defensas naturales que supone el relieve abrupto, en el siglo VIII aC.se suman fosos, empalizadas, bastiones y murallas, que delimitan un perímetro defensivo  que perdurará funcionalmente hasta la Edad Moderna.

Entre las construcciones conservadas, destaca el primer bastión en Puerta de Sevilla. Construido sobre un espolón natural de la roca que sobresale en el extremo suroeste del perímetro defensivo, sobre un nodo de caminos,   entre el valle del Corbones y las terrazas del río  Guadalquivir;

Durante el periodo turdetano, siglos VI-III aC, la arquitectura de la ciudad turdetana en San Blas es continuación de la tartésica,  mientras que en el área de expansión se observa una disposición diferente, resultado de la influencia de las corrientes helenísticas que impregnaban todo el mediterráneo.

La toma de la Península Ibérica de manos de los cartagineses en el 237 a.C., al mando de Amílcar Barca, inicia una etapa turbulenta que culminará con la II Guerra Púnica y la conquista romana.

Los cartagineses harán de Carmona uno de sus principales baluartes.  Así lo confirma la decisión de Asdrubal Giscón de concentrar en Carmona, según cita Apiano, el ejército cartaginés que aún estaba en Iberia, antes de librar la decisiva batalla de Ilipa.

De nuevo, entre el 47 y el 45 a.C., durante las Guerras Civiles entre César y los partidarios de Pompeyo, Carmona vuelve a destacar por su valor militar. El propio César la describiría como la ciudad, con diferencia, más fuerte de toda la provincia Ulterior. A éste respecto, la arqueología ha revelado recientemente estructuras defensivas junto al bastión de la Puerta de Sevilla, hacen de ésta un conjunto aún más inexpugnable, sobre todo al asalto de la caballería. Se trata de tres fosos excavados en la roca, dos que discurren paralelos a la muralla,  y otro perpendicular a  éstos defendiendo el flanco norte del bastión.

Ya en la primera mitad del siglo I a.C. las defensas de  la Puerta de Sevilla se completaron con la construcción de una poterna  y  la puerta de acceso a la ciudad, conformada de dos espacios abovedados enmarcados por arcos, que dejan entre sí un patio o intervallum.

A finales del siglo I a.C. o bajo el reinado de Augusto, asistimos a una renovación profunda de Carmona, que, en la práctica, supone la formación de una ciudad ex novo, diseñada según el modelo ideal de ciudad romana.

En la cerca murada se abrían cuatro puertas que servían de salida a los dos ejes viarios principales de la ciudad. Las puertas de Sevilla y Córdoba marcaban los extremos occidental y oriental del Cardo Máximo, mientras que las puertas del Postigo y Morón limitaban, por el norte y el sur respectivamente, el  Decumano Máximo.

Las minas de agua, datadas en época romana, son un ejemplo de ingeniería con la construcción de un sistema de captación, canalización y aprovechamiento de los recursos hídricos. Un sistema que  se ha conservado en uso hasta nuestros días.

En julio del año 713 d.C., dentro del proceso de descomposición del reino visigodo, Carmona fue tomada por los musulmanes.

A lo largo de estos años, Carmona como lugar estratégico y fortificado debió jugar un papel  destacado.

En el año 756 el príncipe Abderramán, superviviente de la dinastía Omeya, tras diversas vicisitudes, se hizo con el poder en la península  y se proclamó primer emir de Córdoba independiente de Damasco.

Con el fin de destronarlo, el califa abasí promovió diversas revueltas. En el año 763,  Abd al-Rahman  se preparó para resistir  el ataque en la fortaleza de Carmona, donde  llegó a estar sitiado. Pero tras salir y atacar de improviso consiguió la victoria y dar muerte a los jefes más destacados de la insurrección.

Desde el siglo VIII y hasta el fin del Califato de Córdoba, Carmona fue cabeza de una cora.

Bajo el dominio islámico se reforzaron las murallas y la fortaleza de la Puerta de Sevilla fue sometida a importantes transformaciones. Se elevó la altura de la Torre del Homenaje y se construyeron dos nuevos arcos y elementos defensivos adosados a sus precedentes de época romana.

La Mezquita Mayor, de la que se conserva parte de su estructura original en el Patio de los Naranjos,  ocupaba el lugar donde ahora se levanta la iglesia de Santa María.

La vía fundamental siguió siendo el antiguo cardo romano que comunica la Puerta de Sevilla con la Mezquita Mayor y la Puerta de Córdoba.

A mediados del siglo XIII Carmona como en otras ocasiones, se convierte en llave de acceso a Sevilla y al bajo valle del Guadalquivir. En 1247 Fernando III asola los alrededores de la ciudad y ésta decide entregarse a los cristianos.

De mediados del siglo XIV sobresale el reinado de Pedro I (1350-1369), apelado El Cruel o El Justiciero, que destaca en la ciudad por las obras de arquitectura que impulsa. Suya fue la decisión de restaurar el antiguo palacio musulmán del Alcázar Real, que reforzó con una nueva barbacana y dos grandes torres cuadradas, y en su interior se hizo construir un palacio.

Mandó también construir otra fortificación al otro lado de la Puerta de Córdoba, el Alcázar de la Reina. El Alcázar de Abajo o de la Puerta de Sevilla se vio ampliado con la incorporación de los Salones de Presos y de otras estancias, entre las que se encuentra una, documentada en excavaciones arqueológicas recientes, en la zona suroeste de la fortaleza.

En la guerra entre Pedro I y su hermanastro Enrique por la corona Carmona continuó fiel al rey, aún después de muerto, y resistió dos años de asedio. Tras la capitulación en 1371, Enrique II ejecutó a los cabecillas y castigó a la ciudad,

A lo largo del siglo XIV y XV, desde el punto de vista urbanístico, se consolida  el arrabal de San Pedro y la trama urbana en torno a la calle de San Felipe, que debió formarse en un momento aún indeterminado del periodo medieval.  El siglo XV es además de particular interés para la arquitectura, por  la demolición de la antigua mezquita mayor y la construcción sobre su solar de la iglesia  Prioral de Santa María, la fundación del convento de Santa Clara, y la ampliación de las defensas  del Alcázar de Arriba, con el fortín de artillería del Cubete.

No obstante, va a ser la Edad Moderna la determinante a la hora de dar forma  y  legarnos  el paisaje de Carmona que hoy conocemos.  Una ciudad que destaca por sus iglesias y conventos, casas-palacios y una extensa y sobria arquitectura popular.

En el XVII, destaca la formación de las plazas de Lasso y de San Blas, además de  la formación del convento de las Descalzas, sobre un espacio que fosiliza la antigua vaguada y posterior vertedero del Albollón.

El siglo XVIII representará el triunfo definitivo del barroco en la ornamentación y arquitectura de las grandes casas nobiliarias, ya sea mediante nueva obra o reforma de las precedentes, como por ejemplo, en la casa-palacio Marqués de las Torres en la que se ha observado, durante su adaptación al uso como museo, cómo se ocultan bajo emparchados los alfices y se dintelan los arcos mudéjares.

Además de la arquitectura de la nobleza, el Barroco dejará profunda huella en la ciudad en iglesias y en conventos, en los que se abrirán nuevas puertas, se levantaran fachadas o construirán nuevas bóvedas bajo los antiguos artesonados; e incluso las casas populares de arquitectura tradicional mudéjar se reformarán y adaptarán a la estética imperante.

Finalmente la Edad Contemporánea, introducirá profundos cambios en la sociedad carmonense, más en el mundo de las ideas que en un plano material, que significarán en definitiva el triunfo de los valores burgueses. De este modo, en el siglo XIX, tiene lugar la disolución de los señoríos jurisdiccionales y la desamortización de los bienes eclesiásticos. La subasta de los bienes confiscados a la Iglesia benefició a la nobleza, y en menor medida  a una incipiente burguesía agraria.  Los jornaleros, por el contrario, verían empeoradas sus condiciones de vida como consecuencia de la pérdida de los terrenos comunales.

La enajenación de los bienes de la Iglesia permitió, además, importantes actuaciones públicas entre las que destacan: la edificación de la plaza de abastos en el solar del convento de Santa Catalina,  la ocupación de parte del convento de San José  como cárcel,  y la creación de un cementerio extramuros en el convento de Santa Ana.